Desde Milei hasta el poder, el término se consolidó como símbolo de rechazo a las élites y forma parte del discurso político actual en Argentina. La figura de "la casta" ha trascendido su origen como un simple eslogan para convertirse en un fenómeno simbólico que organiza la narrativa política en Argentina. Este término, que no tiene una definición fija ni un respaldo en categorías académicas, funciona como una etiqueta que condensa distintas percepciones de injusticia y privilegio en la sociedad. Su fuerza radica en su capacidad de ser interpretada de maneras variadas por diferentes sectores, permitiendo que cualquier ciudadano proyecte su enojo en esa figura abstracta. En los últimos años, políticos como Javier Milei han sabido potenciar esta construcción, creando un antagonismo claro entre "nosotros" y "ellos", donde la élite acumuladora de privilegios se enfrenta a la ciudadanía que busca cambios profundos. La repetición constante del concepto en discursos y medios ha logrado que pase de ser un simple señalamiento a convertirse en un sentido común, influyendo en la percepción general del sistema político. La estrategia del uso de "la casta" refleja una tendencia global en que los significantes políticos adquieren autonomía y adquieren un peso propio, facilitando la identificación de los actores involucrados y fortaleciendo las narrativas populistas. Esto habla del poder de los símbolos en la política moderna, que trascienden la coherencia factual para consolidarse como marcos de interpretación social. La consolidación de este concepto evidencia cómo la política argentina se ha adaptado a un contexto de desconfianza y hartazgo, donde las palabras con carga emocional logran movilizar a amplios sectores y definir discursos públicos.
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