El Mundial 2026 se acercará a México en medio de un ámbito social lleno de contrastes. Mientras algunos se preparan para disfrutar los partidos, otros seguirán lidiando con una realidad de carencias, precariedad y violencia. El evento podría ser una fuente de distracción o un detonante de malestar social.
La pasión por el fútbol en el país es indiscutible, recordando las ediciones de 1970 y 1986. Sin embargo, el actual panorama social está marcado por el temor y la incertidumbre, influidos por la situación política tanto nacional como internacional. Los reclamos de diversos sectores, incluyendo campesinos y madres buscadoras, han incrementado notablemente.
Ante este contexto, el gobierno ha tomado medidas para asegurar que el Mundial se desarrolle sin incidentes. Se han establecido controles estrictos en las rutas y espacios que albergarán el evento, incluyendo la implementación de operativos de seguridad. La Ciudad de México se enfrenta a problemas como el tráfico y la inseguridad, lo que agrava la percepción del evento como un esfuerzo defensivo en lugar de un atractivo festivo.
En redes sociales, han circulado imágenes de ciudadanos sufriendo para cumplir con sus actividades diarias, mientras se realizan protestas que dificultan el tránsito normal. Las largas filas para acceder a las zonas de aficionados reflejan el temor del gobierno de que las manifestaciones puedan intensificarse en medio del fervor futbolístico, lo que podría llevar a un escenario de caos.
Adicionalmente, el discurso del gobierno de Claudia Sheinbaum se ha centrado en la narcopolítica, desviando la atención del Mundial hacia temas más graves. México enfrenta la realidad de albergar un evento internacional en el contexto de inestabilidad y presiones políticas, especialmente con la crítica global sobre su relación con carteles de drogas. Esta dualidad entre celebración y crisis plantea interrogantes sobre el verdadero impacto del Mundial en la sociedad mexicana.
Con información de lja.mx

